Tristeza, que tristeza siento. Y el corazón que ya me ataca y me ahoga. Le pido que no haga de mi garganta un nudo, pero no escucha.- ¿Será que el corazón además de ciego es sordo? –
Todo nuevamente sin control, no puedo contenerme y siento pena, porque recuerdo, regreso al corazón. Así también retorna mi hombre de vapor, de pompas de jabón, de espuma bicolor. Con él vienen mis sueños. Al verlos aparecer, ella que hace un momento sólo observaba tranquila creyendo que yo pisaría el suelo por algunos instantes, se asunta, corre, arranca despavorida, lo que me trae imágenes un tanto horrorosas que alguna vez vi. Su carrera desenfrenada se asemeja a la de un hombre quemándose a lo bonzo. Esto no quiero imaginarlo, no me gusta, la veo sufrir con el solo hecho de saber que mis ilusiones me controlan, con saber que se acercan para comandar mi vida y quitarle un gran espacio a su racionalidad; mi racionalidad, que se va a las pailas cuando él aparece, cuando vuelvo a imaginarlo, cuando lo pienso, cuando lo sueño despierta y me obsesiono. Y me digo -eres una total psicópata, estás loca-.
Aquí es donde todo vuelve a comenzar, con solo decir esas palabras, ella se tranquiliza. Y reafirmo -esto nunca sucederá, ¡que tonta, que ilusa!-.
Ese es mi ciclo, mi círculo vicioso. De eterna soñadora a extremista racional, de alegre ilusionada a triste realista. No porque la realidad sea triste, sino porque preferiría que mis sueños fueran la verdad. Y me siento egoísta, porque dejaría de lado a los demás por ser la primera en hacer real mi novela de ensueños. Sólo yo y mis ilusiones.