
Se encienden faroles amarillos, dorados, bañando la alameda vieja, olvidada y sólo transitada por ánimas volantes, hambrientas de soledad; vagabundas o enamoradas.
En un escenario de invierno, que transloca el duro pavimento en barro y rocío, las hojas-almas danzan para ocupar el espacio que deja el día cuando las nubes se ciernen sobre la cordillera y así saciar los labios de sed de silencios y murmullos.

